Okinawa de David C. Tur García o la hegemonía del «japonismo literario».

Okinawa de David C. Tur García: la isla como espejo de un escritor que ya no sabe escribir

El diagnóstico: hegemonía del «japonismo literario» y por qué esta novela irrumpe ahora

En 2024 se batió el récord de españoles viajando a Japón —más de 182.000 personas—, y las editoriales que nunca habían tocado literatura nipona empezaron a publicarla en serie. Diego Moreno, de la Editorial Nórdica, pasó de un solo título japonés en 2015 a cinco en 2024, mientras librerías como La Central de Callao mantienen ya un espacio exclusivo para Japón. Este fenómeno tiene un nombre global que lo vertebra: la healing fiction o ficción curativa, un subgénero nacido del concepto iyashikei («del tipo sanador»), aplicado originalmente a mangas y animes de atmósfera calmada, que tras la pandemia de covid penetró en las listas de ventas europeas impulsado por TikTok e Instagram. Son novelas ambientadas en espacios cotidianos —lavanderías, cafeterías, librerías— donde personajes con heridas emocionales encuentran consuelo en gestos mínimos: hornear un pastel, escribir una carta, conversar con un desconocido. Elena Ramírez, directora de Ficción Internacional en Planeta, lo definió así para EFE: «En un mundo lleno de ruido, ansiedad e incertidumbre, son lecturas de gran calidez emocional que nos invitan a bajar el ritmo y escucharnos».

Es en ese caldo de cultivo donde aterriza Okinawa de David C. Tur García, la segunda novela de un ibicenco afincado en Tokio desde 2017 que, sin sello editorial de por medio, ha construido un catálogo de cuatro títulos ambientados íntegramente en Japón. La pregunta que merece la pena formularse no es si la novela encaja en la tendencia —encaja de forma oblicua—, sino por qué un autor autopublicado en Amazon consigue algo que muchas editoriales persiguen con traductores profesionales: que los lectores sientan que Okinawa, la isla real, se convierte en el personaje principal de la historia.

El autor: de la videocámara al guion, del guion a la prosa

David Carlos Tur García nació en Ibiza en 1990. A los once años su padre le regaló una videocámara, y durante la adolescencia se dedicó a grabar cortometrajes donde, según él mismo reconoce, la parte que más le apasionaba siempre era la escritura del guion, aunque esa escritura quedaba «limitada por el presupuesto de la realización». Esa formación audiovisual es decisiva para entender su prosa: capítulos breves con estructura de escena, cierres de secuencia diseñados como cortes de montaje y una economía verbal que varios reseñistas califican de «directa, sin florituras». En 2020, confinado en Tokio durante la pandemia, se hizo la pregunta que transformó su carrera: «¿Por qué no probar a escribir una historia sin tener las ataduras de la posterior grabación?». De esa pregunta nacieron, en orden, Tokio bajo el monzónOkinawaMelonpan y Juegos de Matsuri. Sus influencias declaradas en Goodreads —Haruki Murakami, Hiromi Kawakami, Yasunari Kawabata— sitúan su universo en la intersección entre la introspección murakamiana y la ternura cotidiana de Kawakami.

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Lo interesante del perfil es la retroalimentación entre formatos: un director de cortos frustrado por los presupuestos encuentra en la novela una cámara sin límite de metraje, pero sigue pensando en encuadres, tiempos de escena y silencios visuales. En ciertos pasajes de Okinawa, Wataru Hayashi escribe compulsivamente cada vivencia reciente —»cada vez que le pasa media cosa, se va a escribir esa media cosa», señala una lectora en Goodreads con cierta irritación —, lo cual produce un efecto de «doble lente» que recuerda más al making-of documental que a la novela introspectiva clásica.

La trama: Wataru Hayashi y la máquina de escribir como enemigo/aliado

La sinopsis oficial es engañosamente sencilla: en plena crisis inspiracional, Wataru Hayashi, un escritor que alcanzó el éxito con su primera novela, se ve forzado a trasladarse a Okinawa porque su esposa Tomi está a punto de heredar el negocio familiar. Para él, la isla no es un paraíso turístico sino «su última oportunidad para reconciliarse con su máquina de escribir». La novela se mueve entre pasado y presente: conocemos la época de fama, juerga y descontrol que nutrió aquella primera novela exitosa, y observamos cómo la rutina matrimonial ha secado el pozo creativo.

Lo que eleva la historia por encima de la fórmula estándar de «escritor bloqueado busca inspiración» es la obsesión casi patológica de Wataru por convertir cada experiencia vivida en materia narrativa. Descubre que necesita experimentar en primera persona para escribir buenas historias, y esa necesidad lo lleva a «presionar la propia trama de su vida para que la trama de su novela pueda avanzar», un mecanismo que el reseñista Repellent Boy califica de «toque casi perturbador». Wataru no es un protagonista amable: toma decisiones rápidas y a menudo cuestionables —ciertos lectores lo describen como inmaduro, con «complejo de Peter Pan» y una incapacidad radical para estar solo—, lo cual genera una polarización en las reseñas que, paradójicamente, confirma que el personaje funciona como disparador emocional.

Personajes secundarios: Sakura, Kris y el mapa afectivo de la isla

Si Wataru divide opiniones, los personajes secundarios cosechan elogios casi unánimes. Sakura, la hermana menor de Tomi, es descrita como «una joven friki, bastante asocial, que no se encuentra por el momento pero que tiene claro qué le gusta y lucha por las metas que quiere alcanzar». Varios reseñistas la señalan como su personaje favorito y lamentan no haber visto más de ella en la trama. Kris, un militar americano destinado en Okinawa, aporta una capa geopolítica sutil —la presencia de las bases militares estadounidenses como telón de fondo— y varios lectores agradecen «la existencia de Kris en esta historia y cómo se trata al personaje». Ayaka, una joven que enseña al protagonista a conducir, y el pequeño Michiya, un niño de la calle con quien Wataru forja un vínculo inesperado, completan un mapa afectivo que hace de la isla algo más que escenografía.

Un detalle que conecta el universo de Tur García: la novela incluye un guiño directo a Tokio bajo el monzón a través de cierto personaje compartido, algo que los lectores que ya conocen la primera novela reciben como «una delicia». No es un universo compartido al estilo Marvel, pero sí una continuidad emocional que recompensa la fidelidad.

Okinawa como personaje: playas, comida y bares costeros codificados

«Creo que la gran protagonista de Okinawa es precisamente la propia Okinawa», escribe Repellent Boy, confesando que tras leer la novela necesita incluir la isla en su lista de destinos cuando viaje a Japón. La ambientación no funciona como postal turística sino como estado de ánimo: baños en la playa, cenas en bares a pie de costa, una luz subtropical que lo empapa todo de una melancolía que paradójicamente no resulta depresiva. Otra reseñista, Begona Aguera, lo resume con un concepto técnico: «buen sense of place«.

La Okinawa real le da la razón al autor. La isla más grande del archipiélago Ryūkyū ofrece playas como Kariyushi Beach y Manza Beach —arena blanca, arrecifes de coral a metros de la orilla, aguas donde se ven los peces antes de meterse— y una gastronomía anclada en mercados como el Público de Makishi, donde se elige el pescado fresco en la planta baja y se sube a que lo cocinen en la de arriba. La mejor época para disfrutar de las playas es de abril a octubre, con julio y agosto como los meses de más ambiente local. Todo eso alimenta la sensación de «lectura veraniega» que varios lectores identifican en la novela, incluso siendo un texto introspectivo y, en muchos tramos, melancólico.

La máquina de escribir como símbolo: tecnología, identidad y nostalgia

La máquina de escribir en la novela no es un atrezo decorativo. Es el objeto central alrededor del cual pivota la identidad de Wataru: reconciliarse con ella equivale a reconciliarse consigo mismo como escritor. Este uso simbólico tiene raíces profundas en la historia literaria. Martyn Lyons, en El siglo de la máquina de escribir, documenta cómo Paul Auster llamaba a su Olympia «un ser frágil y sensible» y la consideraba su «psiquiatra personal», mientras que Larry McMurtry agradeció a su Hermes 3000 al recoger el Globo de Oro por el guion de Secreto en la montaña. Desde un abordaje más teórico, los estudios deconstruccionistas sobre escritura e identidad sostienen que «todo ‘yo’ que escribe construye para sí mismo una identidad a través de un juego maquinal con el lenguaje» y que, paradójicamente, «en el instante mismo en que se pretende forjar una identidad con la escritura, el sujeto que escribe la disipa». Wataru vive exactamente esa paradoja: cuanto más escribe, menos reconoce quién es fuera del texto.

El contraste con la tecnología actual lo amplifica. Los lectores de hoy acceden a Okinawa mayoritariamente a través de un Kindle —la novela está disponible en formato ebook y en tapa blanda en las tiendas Amazon de España, Japón, Estados Unidos, México, Canadá, Reino Unido, Alemania, Italia, Francia, Australia, Brasil, Países Bajos, Polonia y Suecia —, un dispositivo que en 2024 recibió su mayor renovación: el primer Kindle a color (Colorsoft), un nuevo Paperwhite con pantalla de 7 pulgadas y paso de páginas un 25% más rápido, y un Kindle Scribe con integración de IA para resumir textos. La tecnología E Ink de tercera generación (Gallery 3) ya ofrece más de 50.000 colores a 300 ppp, con tiempos de carga reducidos de diez segundos a 1,5. Hay algo deliberadamente irónico en leer en una pantalla de tinta electrónica de última generación una historia cuyo eje emocional es la incapacidad de teclear en una máquina de escribir analógica.

Freewrite y la nueva nostalgia «typewriter»: la vanguardia retro

Si la máquina de escribir de Wataru representa el pasado idealizado, existe un mercado real de dispositivos que intentan capturar esa misma magia analógica con tecnología actual. La empresa estadounidense Astrohaus fabrica los Freewrite, máquinas de escribir digitales con pantalla de tinta electrónica, teclado mecánico y una filosofía radical: no hay navegador, no hay redes sociales, no hay correo electrónico, solo un cursor parpadeante y la obligación de avanzar sin editar. Su modelo estrella, la Freewrite Hemingway Signature Edition, rinde homenaje al Nobel con un diseño inspirado en su vida y obra, y se presenta como «la máquina de escribir del futuro para los escritores del siglo XXI». El modelo más accesible, el Freewrite Alpha, cuesta 349 dólares, pesa poco, ofrece 100 horas de batería y almacenamiento para más de un millón de páginas, con sincronización WiFi a Google Drive, Dropbox o Evernote.

La ironía es espléndida: un dispositivo de 349 dólares cuyo único propósito es impedir que hagas cualquier cosa excepto escribir. Exactamente la clase de herramienta que Wataru Hayashi necesitaría, si no estuviera emocionalmente encadenado al modelo analógico. Los Freewrite encarnan una tendencia más amplia que algunos críticos denominan «minimalismo tecnológico» o «monotarea»: gadgets que deliberadamente hacen menos para que el usuario haga más en una sola cosa. Después de dos años con su Freewrite Hemingway, un usuario en YouTube asegura haber escrito «cientos de miles de palabras» y defiende que la imposibilidad de editar hacia atrás «no es un defecto, es una función».

Comprar Okinawa ahora: Kindle frente a tapa blanda

La edición Kindle de Okinawa tiene varias ventajas naturales para este tipo de novela. Los capítulos cortos con cierre en gancho —una técnica que el propio autor hereda de su formación como guionista de cortometrajes — funcionan especialmente bien en pantalla: la tentación de pulsar «siguiente capítulo» es casi refleja cuando el texto ocupa apenas unas páginas y termina en una situación sin resolver. Una lectora en Goodreads confiesa que su suegra le dejó el libro y se lo acabó «en cuatro días». Esa velocidad de lectura es coherente con un formato digital donde el peso del dispositivo (los nuevos Paperwhite pesan menos de 300 gramos) y la ausencia de fricción física invitan a sesiones largas.

La tapa blanda, disponible solo en algunos mercados de Amazon, ofrece algo que el Kindle no puede replicar: el tacto y la presencia del objeto físico, algo que cobra sentido irónico en una novela donde la máquina de escribir —el artefacto físico por excelencia de la creación literaria— es el centro simbólico de la trama. Las notas a pie de página donde el autor explica términos y curiosidades culturales japonesas se consultan con más naturalidad en papel, donde la mirada baja al margen sin necesidad de pulsar un enlace emergente.

Si te gustó Tokio bajo el monzón: por qué Okinawa puede ser tu siguiente lectura

Tokio bajo el monzón, la primera novela de Tur García, comparte ADN pero no tono. Yasu, su protagonista, es un joven que abandona la vida corporativa en Tokio para tocar fondo y reconstruirse desde los barrios humildes de la ciudad, con la lluvia monzónica como metáfora de purificación. El reseñista Repellent Boy señala una similitud clave con las novelas más realistas de Murakami: «un hombre que busca su sitio en el ajetreado ritmo japonés, que de pronto decide parar en un mundo donde nada lo hace, y tratar de encontrarse a sí mismo». Esa misma estructura existencial se repite en Okinawa, pero el escenario subtropical y la presencia de la máquina de escribir como objeto totémico le dan una temperatura emocional distinta: donde Tokio bajo el monzón es gris, húmeda y urbana, Okinawa es luminosa, costera y engañosamente plácida.

Melonpan, la tercera novela, explora cómo dos niños —Daisuke y Kanako— intentan preservar su felicidad infantil frente a las pruebas de la vida adulta, con la panadería del señor Uchida como espacio simbólico de resistencia. Es la más «entrañable» del catálogo según la propia página del autor. Y Juegos de Matsuri, la cuarta y más reciente (a la venta desde marzo de 2025), cambia de registro: Yuki Nakamoto se refugia en una casa familiar en las montañas de Nagano y comparte su vida rural en redes sociales, hasta que un visitante inesperado quiebra el equilibrio durante un festival de matsuri. La lectura secuencial de las cuatro novelas dibuja un mapa emocional de Japón —Tokio, Okinawa, la gran ciudad genérica de Melonpan, las montañas de Nagano— que funciona como un atlas íntimo del país, visto siempre desde la óptica de un occidental que vive allí, no que lo visita.

La técnica del cliffhanger en capítulos cortos: por qué no puedes parar

El cliffhanger —literalmente, «quedar colgando de un acantilado»— es un recurso narrativo que consiste en interrumpir la acción en el punto de máxima tensión, dejando al lector en suspenso. En Okinawa, Tur García lo aplica con la economía de un guionista: los capítulos son breves, a menudo de pocas páginas, y terminan con una revelación inesperada, una decisión moral ambigua o una situación que exige resolución inmediata. La reseñista Meri Pindado lo describe con precisión: «Me ha gustado cómo David terminaba muchas veces los capítulos, que además eran cortos, y es que te dejaba con ganas de continuar; había situaciones que para nada esperaba».

La eficacia del cliffhanger depende de un equilibrio delicado. Si se abusa, el lector siente que le están lanzando un cebo descarado —lo que en internet sería un clickbait —, y la técnica pierde credibilidad. Lo que funciona bien en la escritura de Tur García, según las reseñas, es que los ganchos no son necesariamente de acción trepidante: suelen ser giros emocionales, decisiones del protagonista que el lector no comparte pero necesita ver cómo se desarrollan, o revelaciones sobre las relaciones entre personajes que alteran la percepción de lo leído hasta ese momento. Es un uso del cliffhanger más cercano al «cliffhanger emocional» que al clásico de peligro físico, y eso casa bien con el tono introspectivo de la novela.

Melancolía frente a serenidad: por qué funciona como lectura veraniega

La pregunta recurrente entre lectores es por qué una novela introspectiva y melancólica se siente como una lectura ligera de verano. La respuesta está en la arquitectura narrativa y en la ambientación. Los capítulos cortos reducen la fatiga cognitiva: cada uno funciona como una unidad autónoma que se puede leer en diez minutos, en una tumbona o entre chapuzones. La ambientación de playas, bares costeros y baños marinos genera lo que la reseñista Meri Pindado llama una «sensación de viaje» que envuelve la reflexión existencial en un paisaje sensorial cálido. La lectora Namagashi lo formula con elegancia: «Okinawa is less about redemption than about learning to live with one’s silences — a story where healing feels as fragile as memory itself».

Hay un matiz que diferencia Okinawa de la healing fiction canónica: mientras el subgénero japonés tiende a ofrecer consuelo sin ambigüedad moral —personajes heridos que encuentran una segunda oportunidad a través de la bondad ajena —, Wataru Hayashi no es un personaje reconfortante. Es egoísta, impulsivo, moralmente cuestionable en ciertos tramos. La novela no «sana» al lector al modo de Antes de que se enfríe el café; más bien lo incomoda suavemente mientras le regala paisajes hermosos. Esa combinación de incomodidad ética con belleza ambiental es lo que produce la sensación agridulce que varios lectores reportan: «Los finales me parecen muy esperanzadores pero tristes a la vez».

Las notas a pie de página: cultura japonesa sin paternalismo

Uno de los elementos que los lectores valoran específicamente es la inclusión de notas a pie de página que explican términos, costumbres y curiosidades de la cultura japonesa. En un mercado donde la literatura ambientada en Japón se ha convertido en tendencia masiva, este recurso cumple una función doble: para el lector neófito, es una guía cultural que evita la sensación de extrañeza; para el lector informado, es una confirmación de que el autor conoce el terreno de primera mano (Tur García lleva casi una década viviendo en Tokio). La reseñista Meri Pindado lo destaca como «un puntazo, sobre todo para libros que tratan culturas diferentes a la mía».

«Red flags» narrativas: tensión sin giros dramáticos

Una de las cuestiones más interesantes de Okinawa es cómo construye tensión sin recurrir a los golpes de efecto convencionales del thriller o la novela de acción. Las «red flags» del protagonista —sus decisiones impulsivas con las relaciones, su uso instrumental de las personas que lo rodean para alimentar su novela, la velocidad sospechosa con la que se encapricha y desencapricha— son el motor real de la inquietud. Wataru usa a Ayaka, la chica de la autoescuela, «para ver si así cuenta algo en su novela», según la reseña más crítica de Goodreads; y delega en su editor la decisión de si seguir o no con una relación, dependiendo de si le publican el manuscrito. Esa mecánica —el protagonista como depredador narrativo de su propia vida— genera una tensión sostenida que no necesita persecuciones ni asesinatos: basta con la incomodidad moral de ver a alguien sacrificar relaciones reales por una historia de ficción.

Proyección: el nicho del autor-expatriado y el futuro del catálogo

Tur García ocupa un nicho cada vez más visible: el del autor occidental que vive en Japón, escribe en español y autopublica en Amazon, aprovechando tanto el boom de la literatura japonesa como las herramientas de distribución global del ecosistema Kindle. Su catálogo de cuatro novelas en cinco años (2020–2025) dibuja una producción constante que le permite fidelizar lectores sin depender de los tiempos de una editorial. La salida de Juegos de Matsuri en marzo de 2025, con una trama que introduce redes sociales y vida rural en Nagano, sugiere una voluntad de explorar nuevos escenarios japoneses y nuevas capas de tensión entre tradición y tecnología.

El mercado le acompaña. La publicación de cómics japoneses en España ha crecido un 200% en los últimos años, la healing fiction se ha instalado como fenómeno editorial duradero, y el perfil de lector que busca novelas cortas, introspectivas y ambientadas en Japón —especialmente mujeres jóvenes que también consumen autoras como Hiromi Kawakami o Michiko Aoyama — coincide con la audiencia natural de Tur García. Los dispositivos de lectura, por su parte, solo mejoran: los nuevos Kindle con pantalla de óxido y mayor contraste hacen que la experiencia de leer capítulos cortos con cliffhanger sea aún más fluida. El riesgo, para un autor independiente, sigue siendo la visibilidad en un ecosistema Amazon cada vez más saturado, pero las reseñas en Goodreads —catorce publicadas, varias de ellas extensas y apasionadas, tanto a favor como en contra — indican que la novela genera conversación, que es la moneda más valiosa en el mercado del boca a oreja digital.

¿Quién debería quedarse donde está y quién debería saltar ya?

Quien disfrute de Murakami y busque algo más breve, menos laberíntico y con una ambientación costera que funciona como vacación mental, encontrará en Okinawa una puerta de entrada al universo de Tur García. Quien necesite un protagonista moralmente intachable o una trama con resolución catártica debería pensárselo dos veces: Wataru Hayashi incomoda tanto como fascina, y el cierre de la novela deja una sensación «agridulce» que no todos los lectores están dispuestos a aceptar. Para el lector que ya conoce Tokio bajo el monzón, la segunda novela ofrece una evolución visible en extensión y complejidad de personajes, más el placer del easter egg que conecta ambas historias. Y para quien simplemente busque una lectura rápida, ligera de peso pero no de contenido, que acompañe bien una tarde en la playa o una sesión de Kindle en el sofá, los capítulos cortos con gancho y la ambientación tropical de Okinawa cumplen esa función con una solvencia que, a veces, los libros publicados por grandes sellos no alcanzan.

JOHNNY ZURI | Director Editorial en Zuri Media Group.

Analista de tendencias de futuro y cultura digital. Ayudamos a marcas líderes a conectar con audiencias exigentes mediante contenidos de alto impacto y posicionamiento estratégico.

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