El caso de los cerebros inservibles: el precio de la inmortalidad

El caso de los cerebros inservibles: el precio de la inmortalidad


Cuando la muerte habla… salvo que alguien la silencie

Estamos en otoño de NOVIEMBRE de 2026, en un punto indeterminado entre Boston y la imaginación…
Lo cuento desde aquí, con la ventaja incómoda de saber que este futuro ya fue escrito.
Si lo lees más tarde, recuerda esto: hubo un tiempo en que incluso la muerte tuvo que aprender a declarar ante la policía.

Una escena antes de las explicaciones

Un cerebro no pesa tanto cuando ya no sirve.
No es una metáfora. Es un dato incómodo. En el Boston de 2095, el órgano más valioso del cuerpo humano ha dejado de ser un recuerdo sagrado para convertirse en un archivo. Copiable. Consultable. Procesable. La muerte, por fin, había aprendido a hablar.

Hasta que alguien decidió callarla.

Ahí empieza El caso de los cerebros inservibles, segunda entrega de la serie Inmemorian, escrita por Ismael Santiago Rubio. Y no empieza con una explosión ni con una persecución. Empieza con algo peor: un fallo. Uno que no debería existir en un sistema diseñado para no equivocarse jamás.

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El futuro que resolvió los asesinatos (hasta que dejó de hacerlo)

En este universo, la ley del silencio post mortem es historia. Gracias al departamento de criminalística de Inmemorian, una copia de la consciencia de un fallecido puede reconstruir sus últimos momentos. Resultado: los asesinatos sin resolver caen a mínimos históricos.

La utopía policial perfecta.
Demasiado perfecta.

Porque toda tecnología que presume de infalible suele esconder un punto ciego. Y ese punto ciego aparece en forma de cadáveres cuyos cerebros son inservibles para su copiado. No dañados por accidente. Preparados. Anulados.

Aquí el crimen ya no es matar. Es impedir que el muerto hable.


Marc y Blake: cuando la experiencia empieza a pesar

Marc y Blake no son héroes brillantes ni detectives de postal. Son funcionarios del futuro con cicatrices que no se copian en ningún soporte. Lo que enfrentan en esta novela no es solo un caso complejo: es una grieta en el sistema que les daba ventaja moral y técnica.

Escenarios del crimen montados con una precisión casi artística.
Objetos antiguos colocados como si alguien estuviera escribiendo con ellos.
Un mensaje indescifrable que no quiere ser leído, sino interpretado.
Y, por si faltaba algo, un hombre muerto en manos de su sexpartner, cuando la tecnología asegura que eso no puede suceder.

No es solo un “cómo lo hizo”. Es un por qué el sistema no lo vio venir.


Tecnothriller sin fuegos artificiales

Lo interesante de El caso de los cerebros inservibles no es la tecnología en sí, sino su normalización. Aquí la inteligencia artificial, la realidad virtual y la copia de consciencia no son maravillas: son infraestructura. Como el alcantarillado o la luz eléctrica. Y justo ahí está el peligro.

Cuando algo se vuelve cotidiano, deja de cuestionarse.

Ismael Santiago Rubio no escribe para deslumbrar con términos técnicos, aunque los haya. Escribe para incomodar con preguntas que no tienen botón de apagado:
¿Sigue siendo testimonio una copia?
¿Quién controla lo que recuerda un muerto?
¿Puede un crimen ser perfecto solo porque la tecnología lo permite?

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Retro, presente y futuro en el mismo archivo

Hay algo retro en este futuro. Objetos antiguos aparecen en los escenarios como migas de pan dejadas por alguien que conoce la historia. No por nostalgia, sino por intención. Como si el pasado aún tuviera capacidad de interferir en sistemas demasiado limpios.

El presente de la novela es tenso, fechado, burocrático incluso. El departamento de Inmemorian funciona, pero empieza a dudar. Y el futuro —ese que no se explica, solo se insinúa— deja una sensación clara: cuando una tecnología rompe la barrera de la muerte, también rompe otras cosas.


Lo que dicen los lectores (y lo que no dicen)

Las reseñas hablan de giros sorprendentes, de mezcla eficaz entre ciencia ficción y novela policiaca, de una pareja de detectives con recorrido. Algunos señalan que el ritmo inicial es más lento que en la primera entrega. Otros celebran precisamente esa complejidad creciente.

Nadie habla de lectura fácil.
Y eso, curiosamente, es un elogio.

Porque este libro no quiere gustar rápido. Quiere quedarse.


Para quién es este libro (y para quién no)

Es para ti si:

  • Te interesa la ciencia ficción que dialoga con el presente.

  • Disfrutas del thriller policial sin detectives infalibles.

  • Te inquieta la idea de que la consciencia pueda convertirse en dato.

No es para ti si:

  • Buscas acción constante sin pausa reflexiva.

  • Prefieres futuros limpios sin contradicciones morales.

  • Necesitas finales que cierren todas las puertas.


El lugar exacto de esta novela en la saga

Dentro de la serie Inmemorian, esta segunda entrega ocupa una posición clave: es el momento en que el universo deja de expandirse y empieza a tensarse. No solo está en juego un caso, sino la credibilidad del propio sistema y la seguridad personal de Blake.

Después vendrán más consecuencias. Pero aquí se siembra la duda.

Si aún no has entrado en la saga, este libro funciona como umbral exigente. Y si ya estás dentro, es el punto donde todo se vuelve más serio. El acceso sigue siendo el mismo: https://amzn.to/4spwmFI.


Preguntas que nacen del texto (y no de un formulario)

¿Se puede leer sin haber leído el primero?
Sí, pero se disfruta más con el contexto previo.

¿Es más ciencia ficción o más novela negra?
Es una novela negra que vive en un futuro posible.

¿La tecnología es el centro de la historia?
No. Es el escenario. El conflicto es humano.

¿Hay emoción o solo ideas?
Hay tensión, relaciones y decisiones que pesan.

¿Es una crítica a la inteligencia artificial?
Es una pregunta abierta, no un alegato.

¿El final cierra la historia?
Cierra este caso. Abre otros.


Dos preguntas para salir del libro sin cerrarlo del todo

¿Y si el mayor avance de la humanidad fuera también su mejor coartada?
¿Quién decide qué recuerdos merecen sobrevivir?


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